Las Increibles Aventuras de Norman Viento

Norman no es un tipo con miedos, tampoco es valiente ni mucho menos un visionario, no es un ganador aunque alguna que otra vez le ha tocado ganar y por supuesto ha perdido mas de lo que debiera. Pasa los días, uno tras otro pensando como dar un giro a su aburrida vida, sin saber que cualquier día será la vida quien se tome la pena de girarlo

Monday, March 10, 2008

Al despertar el dolor de cabeza era tan insoportable como agudo, pero también eran insoportables las ganas de ver la cara del cabrón que le había soprendido mintuos atrás, o quizá horas, no lo sabía. Realmente no sabía cuanto tiempo podía haber pasado desde su desvanecimiento. Estaba sentado en el centro mismo del salón, acomodado en una de las sillas de la mesita del comedor, unas viejas sillas que había sacado de la cocina vieja de la casa de sus padres, lacadas en blanco y con el sillón de mimbre. Atado de pies y manos. Al menos conservaba todos sus miembros intactos, y su ropa. Sentía como el mimbre crujía al tiempo que el descubría su estado de prisionero y trataba de incorporarse y por un momento sintió la vaga nostalgia de un buen recuerdo de su niñez, como en los veranos, cuando sentado en esas mismas sillas y con apenas un bañador encima, notaba el crujir del mimbre y a veces, este mismo, quebrado en si, le pinhaba en el culo y le hacía cosquillas a veces, otras le irritaba. La cabeza le daba muchas vueltas, demasiadas como para perderse por mucho tiempo en un recuerdo así - ¿que hora sería? ¿cuánto llevaba ahí? De forma repentina pensó en Hernán. Habían quedado en verse allí, en casa, sólo que ya no recordaba la hora de la cita, y tampoco podía saber la hora que era. El sol seguía bien alto y la iluminación de la habitación aún era intensa, de forma que no debía haber pasado demasiado tiempo, si es que seguía siendo el mismo día. Se paró a escuchar. Ningún sonido en la habitación. Tampoco en el piso. No se oía nada en el descansillo. En la calle todo normal, algún niño reprochando algo a otro amigo. Los jóvenes gritándose entre ellos, haciendo mas ruido del verdaderamente necesario...Y coches, aunque no demasiados. Aún era temprano. Se relajó y esperó. Probablemente Hernán volvería, si es que ya había estado allí. Y aparecería si es que aún no había llegado, entonces tendría un doble y verdadero motivo para contar a su amigo donde había estado realmente todo ese tiempo atrás, a qué lo había dedicado y porqué había vuelto tan repentinamente. No le apetecía nada tener que hacerlo, pero sabía también que era lo que debía hacer, lo que le debía a él entre muchos y lo que le iba a dejar descansar durante algún tiempo en paz. Nadie puede vivir con la cabeza siempre alerta y es mejor recurrir a apoyos externos, esos que nos ayudan a no volvernos locos y que siempre intentan, aunque no lo consigan, poner cordura a nuestros actos. Definitivamente Hernán era su hombre, sabía escuchar y no preguntar, daba por sabido todo aquello que sabía que debía ser así, a veces no discutía y otras se involucraba tanto que el propio Norman se lamentaba de haberle contado nada, pero agradecía en el fondo todo su interés. Hernán sabría qué hacer, o quizá no, pero si sabría al menos qué no hacer. Seguramente le escucharía como siempre hacía, interrumpiendo poco y asintiendo. También le reprocharía todo lo que él no haría, bebería una cerveza tras otra hasta desgranar toda la historia y si lo creyese conveniente cambiaría de tema al finalizar todo. Haciendo ver a Norman que ya había quedado informado de todo, o que su problema, sencillamente, no llamaba tanto la atención. Un sonido de ascensor le puso de nuevo sobre alerta. No era probable que nadie volviese a por el para terminar lo empezado. Conocía la situación, todo había sido un aviso pero no podía permitir que su amigo corriese ningún tipo de peligro y eso era algo que podía pasar si el tipo que le había atacado seguía merodeando cerca del departamento. El ascensor se detuvo en algún piso inferior y escuchó algo parecido a una conversación. Después abrir y cerrar de puertas y de nuevo el silencio. Norman ya llevaba un rato jugueteando con la cuerda que le ataba de manos y que dejaba su marca en sus muñecas. Sólo era cuestión de insistir siempre en el mismo movimiento. Pausado y contínuo, regular y pesado, pero efectivo. El nudo tarde o temprano comenzaría a ceder permitiéndole así mas libertad de acción en las manos para poder liberarse.