Las Increíbles Aventuras de Norman Viento (VI)
Por supuesto no siempre había sido así. La primera vez que Norman y Panchito Alves se habían encontrado las circunstancias eran diametralmente opuestas. Norman apenas llevaba dos meses en Buenos Aires, a donde había acudido persiguiendola a Ella. En aquel tiempo no había obtenido ninguna respuesta a sus llamadas, caminaba al principio ilusionado, y después, cada día que pasaba lo hacía mas perdido, un "sinrumbo" en medio de una gran capital por la cual transitaban mas de 10 millones de personas al día. Era como buscar una aguja en un pajar, sólo que se trataba de la aguja mas bonita que nunca hubiera querido encontrar. Sentía en su interior que podría verla entre tantas miles de personas, que si sus ojos brillaban la reconocería, que aquella sonrisa que tanto bueno le había dado podría distuinguirla entre millones de sonrisas. "Cuando dejas de soñar la vida ya no cambia" Le había dicho alguien una vez y Norman no podía dejar de hacerlo. Apenas había tenido tiempo de pensar en aquellos días. Todo giraba demasiado rápido a su alrededor, los encuentros con los pocos contactos que le quedaban en la capital argentina poco le habían servido mas que para gastar algunos pesos en cerveza y conocer los hábitos nocturnos de los porteños, que aunque ya los había vivido antes ahora lo hacía con mayor intensidad. Pero nadie había sido capaz de ayudarle en su búsqueda. Tan agitado estaba todo que cuando llegó el día en que dejó de creer que de verdad pudiera encontrarla no se pudo dar cuenta. Y siguió buscando, y aunque Ella era la excusa que lo movía de un lugar para otro ya no la buscaba, ya no pensaba en reconocerla. El olvido obligado al que había sido condenado había llegado hasta el límite de borrar de su mente el brillo de aquellos ojos, el blanco de su sonrisa y aquel delgado cuerpo moviéndose de la forma mas cursi y coqueta, incluso al caminar por la playa, que él nunca hubiera visto, y que cuando se conocieron le resultaba cómico, pero que mas tarde le hizo querer bailarlo de cerca y para siempre.
Un día, al despertar se descubrió bañado en alcohol, en un departamento desconocido para él y acompañado de una rubia cualquiera que la noche anterior le habría parecido linda pero que ahora veía horrible, sucia y barata en el caso de que hubiera tenido que pagarla. Y la imaginó a Ella. Sus dos ojos negros, grandes y curiosos, su pelo también negro siempre recogido en un gracioso moño, o en aquellas trenzas que se hacía y a él le volvían loco. Aquellos juegos de miradas cuando uno de los dos hablaba. Habían pasado mas días de los que él hubiera querido desde la última vez que conversaron, casi no recordaba su voz y se esforzaba en ese mismo instante por recordarla sentada cerquita del mar, sonriéndole...como la vez que quiso darle el primer beso y no tuvo el valor de hacerlo. Y como ella lo esperaba, riendo con la mirada como pocas personas saben hacerlo si no es de forma sincera. Se había descubierto entre aquellas sábanas y se veía como una nueva persona. Ya no la buscaba. Sin darse cuenta hacía varias noches que no lo hacía, al menos no de forma consciente, y sentía incluso que la había traicionado. Vagaba por los bares de aquella gran capital, en el Soho, en Palermo viejo, frecuentando amigos que parecían serlo de toda la vida y en los que apenas confiaba de verdad. Durmiendo en distintas camas de prestado. Bebiendo y apurando el dinero que le quedaba, o el que llegaba desde España por asuntos aún pendientes, y que pronto dejaría de recibir. Y no se había dado cuenta que había dejado de pensarla, de pensarla como antes, de creer en ella. Se sintió extrañamente aliviado entonces, pero también vencido. Vencido por el olvido al que ella le había sometido, vencido por haber sido apartado de todo sin poder apenas luchar por nada, sin saber, sin ver...había perdido una partida que ni siquiera le habían dejado jugar. Pero le quedaba el alivio. El alivio y la sensación de haberlo dado todo en su pequeño papel protagonista de la historia compartida. Cuando lo das todo no puedes echarte en cara nada.
Sumido en esos pensamientos se sorprendió Norman por el silencio sepulcral que inundaba todo a su alrededor. Era una extraña sensación, similar a la que nos embarga cuando a altas horas de la madrugada cruzamos por una calle estrecha, o bajamos a los sótanos de algún edificio camino del garaje y deseamos llegar lo antes posible al coche y salir de ese agujero de la forma mas rápida posible. Exactamente igual a la sensación que nos recorre el cuerpo cuando el ascensor para durante el recorrido elegido en una planta no esperada simplemente porque alguien que también quería bajar había llamado mientras íbamos dentro, el intruso que va a molestar con su sonrisa y su "Hola ¿ qué hay?" impidiéndonos terminar aquella historia en que pensábamos mientras nos mirábamos al espejo. El mismo tipo al que querríamos echar del habitáculo "Espere su turno, este viaje es mío". La extraña alerta animal que a todos nos acompaña, esa que nos recuerda lo salvajes que somos todavía, la que nos puede hacer vivir o morir. Norman conocía de sobra esa sensación. No había tenido una infancia fácil y a pesar de no haberse metido nunca en muchos problemas sabía exactamente cuando algo iba mal o era susceptible de ir aún peor, como era su caso. Sonó el timbre seco. La rubia ni se inmutó. Volvió a sonar de igual forma seco. La rubia gimió de forma graciosa y cambió de postura en la estrecha cama. Entonces ocurrió todo. Un disparo seco y puerta al suelo. No era la primera vez que Norman escuchaba ese sonido. Lo conocía bien, aunque nunca las balas habían pasado tan cerca suya. El tipo tras la puerta era el mismo que hoy lo había noquedao. Una mole grande y gruesa a la que pareciera que todo en esta vida le sentase mal. La cara redonda y gorda, con aspecto de haberse afeitado recien, la papada rebosaba. Vestía con un traje de chaqueta color marfil. La camisa azul debajo con el cuello apretado hasta arriba a pesar de no llevar corbata. Probablemente se la habría quitado instantes antes por causa del calor. Cinturon negro y estrecho y zapatos negros de punta igualmente estrecha. Estaba limpio. Si se hubiera cruzado al tipo por Puerto Madero hubiera pensado que se trataba de un empresario acomodado que salía de sus oficinas para comer. No sonó ninguna alarma en el edificio, todo parecía estar desierto, y lo estaba. Alguien se había ocupado bien de limpiarlo todo antes para no desatar la histeria entre los vecinos de aquellos pequeños departamentos. O quizá no había habido nunca nadie. Norman no había escuchado mas ruídos que los de la chica y él la noche anterior. La rubia se incorporó. El gordo atravesó el umbral de la puerta y se dirigió a los pies de la cama. Aún no había abierto la boca cuando volvía a disparar. Cayó fulminada. Tenía buena puntería el cabrón. Entre ceja y ceja y ella no había podido siquiera jurar una maldición antes de volver a yacer sobre la cama. Tampoco falló con Norman. Todavía mirando a la rubia no se había dado cuenta que el gordo había vuelto a disparar. El hombro izquierdo le chorreaba sangre, no había querido matarlo el muy hijo de puta, que ya se iba igual que había venido. Al ver el líquido rojo brotar de su hombro algo hacía mucho tiempo olvidado para Norman explotó en su interior. Sentía hervir todo dentro de sí. Esta vez no gritó ni rompió nada, no pegó puñetazos contra ninguna pared, ni salió a correr kilómetros y kilómetros esperando a relajarse. Tampoco pregunto al cielo porqué. Se levantó de la cama y en apenas dos pasos había dado alcance al tipo, que habiendo escuchado el crujir de muelles estaba ya girando de nuevo sobre su eje.

1 Comments:
mamonasooooooooooooooooooooo!!!! no me puedes dejar ahora con la intriga del gordo cabron!! el disparo en el hombro izq le dejara secuelas a norman??? es una zona peligrosa, mas que si hubiera sido en el derecho, ya que por ese pasan alterias gordas y rebosantes de sangre oxigenada,,,, :D
necesito q norman vuelva ya!!! kiero la siguiente entrega!!! juasjuas
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