Las Increibles Aventuras de Norman Viento

Norman no es un tipo con miedos, tampoco es valiente ni mucho menos un visionario, no es un ganador aunque alguna que otra vez le ha tocado ganar y por supuesto ha perdido mas de lo que debiera. Pasa los días, uno tras otro pensando como dar un giro a su aburrida vida, sin saber que cualquier día será la vida quien se tome la pena de girarlo

Saturday, June 02, 2007

Las Increíbles Aventuras de Norman Viento (V)

Cuando por fin abrió los ojos la luz que entraba en el salón era tan clara y directa que iluminaba todo en la habitación. El cuerpo bañado en sudor por haber dormido así, con la ropa de humo de tabaco y olor a alcohol impregnándolo todo, en el sofá tan cómodo y difícil de limpiar como caluroso para dormir de seguido, con las ventanas cerradas y con esa jodida luz sevillana del mediodía, la misma que ciega a los conductores cuando el reflejo del sol se posa sobre los dibujos en blanco del asfalto en los pasos de peatones y les hace maldecir todo por unos instantes antes de recuperar la visión. Esa luz que tanto había extrañado...El mal sabor de boca tras la noche de parranda fue lo que terminó de hacerle despertar. Se levantó y tras dar dos pasos de dudosa estabilidad y golpearse con el pico de la mesa baja a la altura de la rótula se encaminó dispuesto a ingerir un litro entero de agua, recuperarse de la deshidratación nocturna producida por la excesiva normalidad con la que abusaba del alcohol y refrescar su garganta de sabor podrido primero y sus ideas después. Decidió no comer nada, se ducharía largo y tranquilo, dejando caer el agua fría sobre su cuerpo y disfrutando de esa sensación atemporal que nos aleja de todo lo que acontece mientras se está tan bien. Para Norman el mundo siempre se detenía en la ducha, y dejaba de girar, o a veces sólo giraba por él y todo lo demás no importaba nada. Durante el día y durante mucho tiempo le habían atormentado problemas, fantasmas...voces constantes en su cabeza, las mismas que daban pie a esas historias que inventaba, esas situaciones que quería y no podía cambiar...la maldita conciencia, el maldito sentido del bien y el mal. El querer estar siempre para todos y con todos y no poder hacerlo así. El no entender como algunas personas son capaces de causar dolor por el simple placer de hacerlo, de forma consciente y premeditada, conociendo la solución sencilla a problemas y obstáculos que se podrían salvar de mil formas distintas...la maldita capacidad que tienen algunas personas para olvidar todo. Tachar vidas y recuerdos, acciones y decisiones, besos y abrazos. Y volvía siempre a pensar en Ella. Las noches no eran mucho mejores entonces. Cualquier ruído le hacía desvelarse, y pensar, pensar, pensar...cada palabra que iba y venía a su cabeza era directamente relacionada con Ella, cada sonido de sábanas arrastrándose suavemente por el movimiento de su propio cuerpo, el crujir de la madera de cualquier mueble, no escuchar mas silencio que el suyo propio y sentir que era absorbido por su miedo, un gesto, una imagen...Todo lo devolvía a Ella, empeñada en no salir de su cabeza. Incluso los documentales de los Leones marinos le recordaban a Ella porque ella los odiaba, y decía siempre que olían mal. Y nunca pasearon cerca de donde estos estaban, allá en Mar Del Plata, cerquita del puerto y a donde acudían los turistas para darles de comer. Y entonces se hacía imposible dormir, se enredaba en las sábanas, el calor lo envolvía, y tomaba otra vez un trago de cualquier bebida, solo, a sabiendas de que no podía caer mas bajo y que no le importaría revolcarse un tiempo en su conocida mierda antes de tener motivos para volver a salir de ella. Pero en la ducha todo se paraba, no pensaba mas que en él, en su cuerpo, en sus manos, sus brazos...sólo era él y el agua, y la sensación de volver a nacer con cada gota que bajaba corriendo y tropezando por sus piernas. Saltando y deslizándose...A veces le gustaba pararse a mirar como cada gota, una vez que ya había cerrado el chorro de agua, bajaba por distintos caminos, dibujando quién sabe qué y tropezando con las cicatrices de su cuerpo, frenando en ellas, buscando nuevas salidas hasta encontrar el suelo de la bañera e ir a terminar en el desagüe. Era también el pelo cayendo a la altura de los hombros, y que perdía al entrar en contacto con el agua esas ondulaciones que lo caracterizaban. Era tratar de deshacer enredos que nunca se iban, o que volvían tremendamente rápido. Era todo nuevo cada vez, y en su cabeza era él, desnudo, de verdad. Con tantas cosas que decir, que intentar y que inventar que se agolpaban en su agitado cerebro cargado entonces de vida. La ilusión por todo volvía, las ganas de salir y gritar al mundo sin decir una sola palabra inteligible, sólo por el gusto de hacerlo. Mostrar lo que era por dentro. Pero una vez con la toalla sobre la cabeza todo volvía a apagarse, a secarse como el agua que antes le daba vida. Siempre con esas ganas de huir y esonderse en el último agujero del mundo, allí donde nadie, ni él mismo se conociése. Pero nadie escapa de lo que es, hasta Norman lo sabía. Había huído hasta entonces, y ya no pensaba hacerlo mas, ahí acababa todo. O al menos esa era la idea que tenía en mente y la que le había hecho volver y dejar a mas de 12000 km de distancia una historia demasiado larga y destructiva. La misma que iba a contar a Hernán en cuanto terminase de limpiarse por dentro y por fuera, y en cuanto el cd de grandes éxitos de Ottis Redding dejase de sonar y volviese el acompañamiento silencioso de la casa, interrumpido unicamente por sus pasos, a llenar cada estancia del apartamento.

El timbre sonó a las 17:32 y así lo esperaba Norman. Conocía bien a su amigo y sabía que este gustaba de aparecer siempre a horas "redondas" o al menos así las llamaba siempre Hernán. Las citas con el, establecidas o no, e incluso sus llamadas se daban siempre a horas en punto o a y medias. Norman se maldijo a sí mismo por haberse recreado tanto en la ducha puesto que llevaba sin comer nada desde el día anterior y contaba con poder almorzar algo antes de la llegada de Hernán. Al abrir la puerta apenas tuvo tiempo de reaccionar ante el metro noventa de grasa y músculo a partes iguales que se encontraba frente a él. Cayó al suelo antes de alcanzar a ver siquiera quien le había golpeado y aún así supo, antes de intentar incorporarse de nuevo, de quien se trataba. Aquel olor a sudor rancio y viejo, aquella agua de colonia barata de supermercado que no disimulaba para nada el hedor que acompañaba siempre al individuo que ahora tenía frente a sí...y las botas que desde el suelo, tumbado todavía mirando al techo, podía ver, de cuero negro y labradas imitando la piel de serpiente, terminadas en pico...esas botas que ahora iban a empezar a hundirse sobre su estómago. Conocía el procedimiento, él mismo había llevado a cabo antes actos parecidos. Era tonto, lo había olvidado todo demasiado pronto. Siempre llamaban así, siempre ese silencio sepulcral tras la puerta, siempre ni un ruído de pasos por los pasillos del edificio y siempre dos minutos pasados de cualquier hora que pudiese ser, como diría Hernán, "redonda"...siempre ese timbre seco sonando una única vez...y enemigo sorprendido. Capullo al suelo. El bueno muere, fin del episodio. Norman entonces adoptó una estúpida posición fetal, cubriendo su estómago y su cara tratando de protegerse y al mismo tiempo pensar en encontrar la forma de escapar de la boca de lobo en que se acababa de convertir su casa, tratar de ponerse en pie o desde el suelo dar con la forma de atacar a su adversario. Pero no era nada original, otros muchos lo habían hecho antes y desde el suelo no era fácil defenderse. Norman lo sabía, a él nunca se le había escapado nadie. El tipo del mal olor ya pateaba su costado izquierdo, que había quedado al descubierto, y hundía cada vez con mas fuerza el pico estrecho sus botas sobre el. La respiración del cazador era por segundos mas agitada, exitado y nervioso parecía haber querido siempre devolver a Norman algo que le debía...y lo estaba haciendo. Cuando la sangre empezaba a brotar por la boca de la presa, que se esforzaba por respirar, el animal recibió una llamada telefónica. En el equipo aún sonaba "These arms of mine" de Otis Redding, una curiosa balada que hacía las veces de hilo musical para tan brutal paliza. Despues Norman no pudo ver ni escuchar nada. Sólo un destello y algo plateado golpeándolo duro y seco en la mandíbula. Todo volvía a estar en silencio.

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