Al despertar el dolor de cabeza era tan insoportable como agudo, pero también eran insoportables las ganas de ver la cara del cabrón que le había soprendido mintuos atrás, o quizá horas, no lo sabía. Realmente no sabía cuanto tiempo podía haber pasado desde su desvanecimiento. Estaba sentado en el centro mismo del salón, acomodado en una de las sillas de la mesita del comedor, unas viejas sillas que había sacado de la cocina vieja de la casa de sus padres, lacadas en blanco y con el sillón de mimbre. Atado de pies y manos. Al menos conservaba todos sus miembros intactos, y su ropa. Sentía como el mimbre crujía al tiempo que el descubría su estado de prisionero y trataba de incorporarse y por un momento sintió la vaga nostalgia de un buen recuerdo de su niñez, como en los veranos, cuando sentado en esas mismas sillas y con apenas un bañador encima, notaba el crujir del mimbre y a veces, este mismo, quebrado en si, le pinhaba en el culo y le hacía cosquillas a veces, otras le irritaba. La cabeza le daba muchas vueltas, demasiadas como para perderse por mucho tiempo en un recuerdo así - ¿que hora sería? ¿cuánto llevaba ahí? De forma repentina pensó en Hernán. Habían quedado en verse allí, en casa, sólo que ya no recordaba la hora de la cita, y tampoco podía saber la hora que era. El sol seguía bien alto y la iluminación de la habitación aún era intensa, de forma que no debía haber pasado demasiado tiempo, si es que seguía siendo el mismo día. Se paró a escuchar. Ningún sonido en la habitación. Tampoco en el piso. No se oía nada en el descansillo. En la calle todo normal, algún niño reprochando algo a otro amigo. Los jóvenes gritándose entre ellos, haciendo mas ruido del verdaderamente necesario...Y coches, aunque no demasiados. Aún era temprano. Se relajó y esperó. Probablemente Hernán volvería, si es que ya había estado allí. Y aparecería si es que aún no había llegado, entonces tendría un doble y verdadero motivo para contar a su amigo donde había estado realmente todo ese tiempo atrás, a qué lo había dedicado y porqué había vuelto tan repentinamente. No le apetecía nada tener que hacerlo, pero sabía también que era lo que debía hacer, lo que le debía a él entre muchos y lo que le iba a dejar descansar durante algún tiempo en paz. Nadie puede vivir con la cabeza siempre alerta y es mejor recurrir a apoyos externos, esos que nos ayudan a no volvernos locos y que siempre intentan, aunque no lo consigan, poner cordura a nuestros actos. Definitivamente Hernán era su hombre, sabía escuchar y no preguntar, daba por sabido todo aquello que sabía que debía ser así, a veces no discutía y otras se involucraba tanto que el propio Norman se lamentaba de haberle contado nada, pero agradecía en el fondo todo su interés. Hernán sabría qué hacer, o quizá no, pero si sabría al menos qué no hacer. Seguramente le escucharía como siempre hacía, interrumpiendo poco y asintiendo. También le reprocharía todo lo que él no haría, bebería una cerveza tras otra hasta desgranar toda la historia y si lo creyese conveniente cambiaría de tema al finalizar todo. Haciendo ver a Norman que ya había quedado informado de todo, o que su problema, sencillamente, no llamaba tanto la atención. Un sonido de ascensor le puso de nuevo sobre alerta. No era probable que nadie volviese a por el para terminar lo empezado. Conocía la situación, todo había sido un aviso pero no podía permitir que su amigo corriese ningún tipo de peligro y eso era algo que podía pasar si el tipo que le había atacado seguía merodeando cerca del departamento. El ascensor se detuvo en algún piso inferior y escuchó algo parecido a una conversación. Después abrir y cerrar de puertas y de nuevo el silencio. Norman ya llevaba un rato jugueteando con la cuerda que le ataba de manos y que dejaba su marca en sus muñecas. Sólo era cuestión de insistir siempre en el mismo movimiento. Pausado y contínuo, regular y pesado, pero efectivo. El nudo tarde o temprano comenzaría a ceder permitiéndole así mas libertad de acción en las manos para poder liberarse.
Las Increibles Aventuras de Norman Viento
Norman no es un tipo con miedos, tampoco es valiente ni mucho menos un visionario, no es un ganador aunque alguna que otra vez le ha tocado ganar y por supuesto ha perdido mas de lo que debiera. Pasa los días, uno tras otro pensando como dar un giro a su aburrida vida, sin saber que cualquier día será la vida quien se tome la pena de girarlo
Monday, March 10, 2008
Monday, February 04, 2008
Las Increíbles Aventuras de Norman Viento (VII)
Era tanto lo que le hervía por dentro que apenas acertó a medir su fuerza o la del tipo al que estaba a punto de enfrentarse. Había echado mucho de menos aquello, y todavía no lo sabía. En una fracción de segundo ya se encontraba frente al gordo, que se había terminado de girar, lenta y torpemente aunque no demasiado para un tipo de su altura y envergadura. Norman no esperó, no articuló palabra ni trató de buscar una respuesta al porqué de la bala que todavía le quemaba en el hombro, sin dejar de mirar a los ojos de Alvés le asestó un cabezazo tan seco como certero, tan duro como rápido y aquelló sonó a tronco hueco, a náriz rota. Pancho alvéspudo saber entonces como serían mil caballos galopando sobre uno mismo, cayó de espaldas sobre la puerta que el mismo había derribado segundos antes y notó el sabor a sangre que ahora le brotaba de la náriz, trató de incorporarse sin demasiado éxito, Norman no iba a dejarle pensar y así se lo hizo saber de inmediato. Se sentó sobre el exactamente de la misma forma en que la rubia había cabalgado con el la noche anterior, y comenzó a golpear sin piedad ninguna el rostro del asesino. a medida que descargaba toda su ira se sentía mas y mas aliviado, los puños rojos, mezcla de los golpes y de la sangre que le manchaba y la mirada fija en aquel tipo...¿quién era? ¿porqué no lo había matado? Alvés tampoco dejaba de mirarle, si es que podía ver algo puesto que la sangre le tintaba ya la cara entera, y aún así no se quejaba, había aprendido, como tiempo después sabría Norman, a resistir cualquier golpe y no dar nunca al contrincante la satisfacción de verle sufrir. Esto sólo hacía a Norman golpear cada vez mas fuerte, alternando los puños como si de un ejercicio de gimnasio se tratase, soltaba el puño izquierdo, después el derecho...así una y otra vez sin resentirse del brazo herido y dejándose embargar por todas las emociones que ahora corrían por su piel. Tanta guerra contra si mismo, tanta guerra contra el mundo que libraba en su interior...este tipo iba a pagar por todos, por todas las cosas que no había sabido arreglar, por las que aún le quedaban por arreglar, por aquella estancia sin sentido en un país desconocido y por haber perdido el miedo a todo. Eso era. El miedo. Todo lo que antes no le había dejado actuar, todo lo que siempre le había frenado no era mas que el miedo, el maldito miedo, esa estúpida sensación que siempre había tenido desde niño. No ser suficientemente bueno, ni lo suficientemente listo, no ser valiente ni decidido...no ser competitivo. el miedo a decepcionar a los que creían en él, y el miedo a no conseguir nunca nada de lo que se propusiera. Se había ido, ya no tenía miedo, sólo rabía. La rabia que salía desde muy dentro y que Alvés podía sentir mas allá de los golpes. Recordó que también en Sevilla el miedo se iba siempre que dejaba salir su rabia. Hacía rato que desde el suelo Alvés no se movía, aunque seguía respirando. Norman sabía que debía acabar aquello que había empezado. Debía matar al tipo y salir de allí, huir de la ciudad y quizá del país, sin dejar ni huella. Se paró a pensar un segundo, ahora si, en las consecuencias de sus actos. Desde luego no conocía del todo bien el funcionamiento de las leyes argentinas pero sabía que un gallego y dos fiambres argentinos en la misma habitación no podrían dar mas que con sus huesos en la cárcel y no eran precisamente las cárceles argentinas como las españolas. ¿ Y si eran marido y mujer? ¿y si Norman se había visto implicado en un crimen pasional sin saberlo? quizá la rubia le metía los cuernos al gordo y éste, tan harto de ella como de su cornamenta la había seguido aquella noche hasta aquel picadero de San telmo. En ese caso estaba realmente jodido, ningún jurado le perdonaría dos muertes, una directa y otra no tanto...podría alegar defensa propia pero el gordo había fallado el disparo a posta, ni tan siquiera lo había querido mirar. Además se había ensañado con el hasta el punto de desfigurarlo a golpes.
¿por qué no había querido matarlo? Algo no cuadraba del todo, Ninguno llevaba anillo, en el caso de la rubia era algo lógico si había salido a cazar hombres, pero en el caso del tipo era distinto. Por otro lado tampoco se podía imaginar Norman una pareja así. Había algo mas, algo que no sabía, por eso debía huír y procurar que el gordo no lo recordase, o no viviera para contarlo. Se escuchaba así mismo respirar y nada mas. Con semejante revuelo la policía ya debía haber llegado, los vecions habrían alertado a los cuerpos de seguridad...nada. De nuevo la sospecha de que todo iba mas allá de lo que allí estaba sucediendo realmente. En toda la noche no había visto a nadie mas, ningún ruído de pasos en la escalera, ni de puertas abriendo o cerrándose, ningún teléfono resonando temprano en la mañana. Silencio. Levantó su brazo herido, notando esta vez el dolor de la bala que seguía dentro, quemándole. Pancho le clavó la mirada, sabía que todo iba a acabar pronto. Se detuvo antes de aceptar su muerte a mirar al tipo que lo había tumbado a base de golpes. Tenía cierto aspecto triste, y así le había parecido también la noche anterior. Una mirada vacía de todo que parecía mirar siempre algo que no estaba en la habitación, ni en ningún otro lugar, pero que se clavaba tan dentro que le hacía sentirse desnudo, estúpidamente frágil y observado, pero no juzgado. Norman tenía cierto aspecto de predicador: El pelo ondulado que le caía por los hombros y la media barba que siempre acostumbraba a llevar, la tez morena de caminar siempre al sol, fuera verano o invierno, ese sol que tanta vida le daba...los ojos verdes que nadie acostumbraba a mirarle nunca...le conferían ese aspecto de mesías, un mesías del dolor que con medio cuerpo bañado de la sangre que escupía el hombro se disponía a asestar el último golpe a su presa. Norman golpearía una vez mas al tipo, un golpe seco en la traquea que con suerte hundiría su nuez a la primera y lo asfixiara pero ya no le quedaba nada dentro. Notó un escalofrío de dolor recorrerle la mitad de su torso y guardó las pocas fuerzas que le quedaban para pensar en cómo salir de allí sin llamar demasiado la atención, en cómo curar aquella herida de bala sin pasar por ningún hospital y lo mas importante, en el camino que iba a seguir a partir de ahora. Alvés había salvado su vida a costa de la poca que le quedaba a Norman dentro por la sangre perdida a causa del esfuerzo. Cerró los ojos para descansar aliviado mientras esuchaba a Norman recoger la habitación tambaleándose, rebuscar entre sus cosas y las de la rubia y encontrar por fin las llaves del coche que había manejado hasta llegar allí. "No la gastas mal gordo cabrón..." Un mercedes último modelo no era precisamente lo que norman viento necesitaba para no llamar la atención pero si era el mejor medio de llegar cuanto antes lo mas lejos posible y al mismo tiempo retrasar a Pancho en cualquier intento de pedir ayuda. Se llevó también toda su documentación y el bolso de la rubia, ella ya no lo necesitaba.
Friday, June 08, 2007
Las Increíbles Aventuras de Norman Viento (VI)
Por supuesto no siempre había sido así. La primera vez que Norman y Panchito Alves se habían encontrado las circunstancias eran diametralmente opuestas. Norman apenas llevaba dos meses en Buenos Aires, a donde había acudido persiguiendola a Ella. En aquel tiempo no había obtenido ninguna respuesta a sus llamadas, caminaba al principio ilusionado, y después, cada día que pasaba lo hacía mas perdido, un "sinrumbo" en medio de una gran capital por la cual transitaban mas de 10 millones de personas al día. Era como buscar una aguja en un pajar, sólo que se trataba de la aguja mas bonita que nunca hubiera querido encontrar. Sentía en su interior que podría verla entre tantas miles de personas, que si sus ojos brillaban la reconocería, que aquella sonrisa que tanto bueno le había dado podría distuinguirla entre millones de sonrisas. "Cuando dejas de soñar la vida ya no cambia" Le había dicho alguien una vez y Norman no podía dejar de hacerlo. Apenas había tenido tiempo de pensar en aquellos días. Todo giraba demasiado rápido a su alrededor, los encuentros con los pocos contactos que le quedaban en la capital argentina poco le habían servido mas que para gastar algunos pesos en cerveza y conocer los hábitos nocturnos de los porteños, que aunque ya los había vivido antes ahora lo hacía con mayor intensidad. Pero nadie había sido capaz de ayudarle en su búsqueda. Tan agitado estaba todo que cuando llegó el día en que dejó de creer que de verdad pudiera encontrarla no se pudo dar cuenta. Y siguió buscando, y aunque Ella era la excusa que lo movía de un lugar para otro ya no la buscaba, ya no pensaba en reconocerla. El olvido obligado al que había sido condenado había llegado hasta el límite de borrar de su mente el brillo de aquellos ojos, el blanco de su sonrisa y aquel delgado cuerpo moviéndose de la forma mas cursi y coqueta, incluso al caminar por la playa, que él nunca hubiera visto, y que cuando se conocieron le resultaba cómico, pero que mas tarde le hizo querer bailarlo de cerca y para siempre.
Un día, al despertar se descubrió bañado en alcohol, en un departamento desconocido para él y acompañado de una rubia cualquiera que la noche anterior le habría parecido linda pero que ahora veía horrible, sucia y barata en el caso de que hubiera tenido que pagarla. Y la imaginó a Ella. Sus dos ojos negros, grandes y curiosos, su pelo también negro siempre recogido en un gracioso moño, o en aquellas trenzas que se hacía y a él le volvían loco. Aquellos juegos de miradas cuando uno de los dos hablaba. Habían pasado mas días de los que él hubiera querido desde la última vez que conversaron, casi no recordaba su voz y se esforzaba en ese mismo instante por recordarla sentada cerquita del mar, sonriéndole...como la vez que quiso darle el primer beso y no tuvo el valor de hacerlo. Y como ella lo esperaba, riendo con la mirada como pocas personas saben hacerlo si no es de forma sincera. Se había descubierto entre aquellas sábanas y se veía como una nueva persona. Ya no la buscaba. Sin darse cuenta hacía varias noches que no lo hacía, al menos no de forma consciente, y sentía incluso que la había traicionado. Vagaba por los bares de aquella gran capital, en el Soho, en Palermo viejo, frecuentando amigos que parecían serlo de toda la vida y en los que apenas confiaba de verdad. Durmiendo en distintas camas de prestado. Bebiendo y apurando el dinero que le quedaba, o el que llegaba desde España por asuntos aún pendientes, y que pronto dejaría de recibir. Y no se había dado cuenta que había dejado de pensarla, de pensarla como antes, de creer en ella. Se sintió extrañamente aliviado entonces, pero también vencido. Vencido por el olvido al que ella le había sometido, vencido por haber sido apartado de todo sin poder apenas luchar por nada, sin saber, sin ver...había perdido una partida que ni siquiera le habían dejado jugar. Pero le quedaba el alivio. El alivio y la sensación de haberlo dado todo en su pequeño papel protagonista de la historia compartida. Cuando lo das todo no puedes echarte en cara nada.
Sumido en esos pensamientos se sorprendió Norman por el silencio sepulcral que inundaba todo a su alrededor. Era una extraña sensación, similar a la que nos embarga cuando a altas horas de la madrugada cruzamos por una calle estrecha, o bajamos a los sótanos de algún edificio camino del garaje y deseamos llegar lo antes posible al coche y salir de ese agujero de la forma mas rápida posible. Exactamente igual a la sensación que nos recorre el cuerpo cuando el ascensor para durante el recorrido elegido en una planta no esperada simplemente porque alguien que también quería bajar había llamado mientras íbamos dentro, el intruso que va a molestar con su sonrisa y su "Hola ¿ qué hay?" impidiéndonos terminar aquella historia en que pensábamos mientras nos mirábamos al espejo. El mismo tipo al que querríamos echar del habitáculo "Espere su turno, este viaje es mío". La extraña alerta animal que a todos nos acompaña, esa que nos recuerda lo salvajes que somos todavía, la que nos puede hacer vivir o morir. Norman conocía de sobra esa sensación. No había tenido una infancia fácil y a pesar de no haberse metido nunca en muchos problemas sabía exactamente cuando algo iba mal o era susceptible de ir aún peor, como era su caso. Sonó el timbre seco. La rubia ni se inmutó. Volvió a sonar de igual forma seco. La rubia gimió de forma graciosa y cambió de postura en la estrecha cama. Entonces ocurrió todo. Un disparo seco y puerta al suelo. No era la primera vez que Norman escuchaba ese sonido. Lo conocía bien, aunque nunca las balas habían pasado tan cerca suya. El tipo tras la puerta era el mismo que hoy lo había noquedao. Una mole grande y gruesa a la que pareciera que todo en esta vida le sentase mal. La cara redonda y gorda, con aspecto de haberse afeitado recien, la papada rebosaba. Vestía con un traje de chaqueta color marfil. La camisa azul debajo con el cuello apretado hasta arriba a pesar de no llevar corbata. Probablemente se la habría quitado instantes antes por causa del calor. Cinturon negro y estrecho y zapatos negros de punta igualmente estrecha. Estaba limpio. Si se hubiera cruzado al tipo por Puerto Madero hubiera pensado que se trataba de un empresario acomodado que salía de sus oficinas para comer. No sonó ninguna alarma en el edificio, todo parecía estar desierto, y lo estaba. Alguien se había ocupado bien de limpiarlo todo antes para no desatar la histeria entre los vecinos de aquellos pequeños departamentos. O quizá no había habido nunca nadie. Norman no había escuchado mas ruídos que los de la chica y él la noche anterior. La rubia se incorporó. El gordo atravesó el umbral de la puerta y se dirigió a los pies de la cama. Aún no había abierto la boca cuando volvía a disparar. Cayó fulminada. Tenía buena puntería el cabrón. Entre ceja y ceja y ella no había podido siquiera jurar una maldición antes de volver a yacer sobre la cama. Tampoco falló con Norman. Todavía mirando a la rubia no se había dado cuenta que el gordo había vuelto a disparar. El hombro izquierdo le chorreaba sangre, no había querido matarlo el muy hijo de puta, que ya se iba igual que había venido. Al ver el líquido rojo brotar de su hombro algo hacía mucho tiempo olvidado para Norman explotó en su interior. Sentía hervir todo dentro de sí. Esta vez no gritó ni rompió nada, no pegó puñetazos contra ninguna pared, ni salió a correr kilómetros y kilómetros esperando a relajarse. Tampoco pregunto al cielo porqué. Se levantó de la cama y en apenas dos pasos había dado alcance al tipo, que habiendo escuchado el crujir de muelles estaba ya girando de nuevo sobre su eje.
Saturday, June 02, 2007
Las Increíbles Aventuras de Norman Viento (V)
Cuando por fin abrió los ojos la luz que entraba en el salón era tan clara y directa que iluminaba todo en la habitación. El cuerpo bañado en sudor por haber dormido así, con la ropa de humo de tabaco y olor a alcohol impregnándolo todo, en el sofá tan cómodo y difícil de limpiar como caluroso para dormir de seguido, con las ventanas cerradas y con esa jodida luz sevillana del mediodía, la misma que ciega a los conductores cuando el reflejo del sol se posa sobre los dibujos en blanco del asfalto en los pasos de peatones y les hace maldecir todo por unos instantes antes de recuperar la visión. Esa luz que tanto había extrañado...El mal sabor de boca tras la noche de parranda fue lo que terminó de hacerle despertar. Se levantó y tras dar dos pasos de dudosa estabilidad y golpearse con el pico de la mesa baja a la altura de la rótula se encaminó dispuesto a ingerir un litro entero de agua, recuperarse de la deshidratación nocturna producida por la excesiva normalidad con la que abusaba del alcohol y refrescar su garganta de sabor podrido primero y sus ideas después. Decidió no comer nada, se ducharía largo y tranquilo, dejando caer el agua fría sobre su cuerpo y disfrutando de esa sensación atemporal que nos aleja de todo lo que acontece mientras se está tan bien. Para Norman el mundo siempre se detenía en la ducha, y dejaba de girar, o a veces sólo giraba por él y todo lo demás no importaba nada. Durante el día y durante mucho tiempo le habían atormentado problemas, fantasmas...voces constantes en su cabeza, las mismas que daban pie a esas historias que inventaba, esas situaciones que quería y no podía cambiar...la maldita conciencia, el maldito sentido del bien y el mal. El querer estar siempre para todos y con todos y no poder hacerlo así. El no entender como algunas personas son capaces de causar dolor por el simple placer de hacerlo, de forma consciente y premeditada, conociendo la solución sencilla a problemas y obstáculos que se podrían salvar de mil formas distintas...la maldita capacidad que tienen algunas personas para olvidar todo. Tachar vidas y recuerdos, acciones y decisiones, besos y abrazos. Y volvía siempre a pensar en Ella. Las noches no eran mucho mejores entonces. Cualquier ruído le hacía desvelarse, y pensar, pensar, pensar...cada palabra que iba y venía a su cabeza era directamente relacionada con Ella, cada sonido de sábanas arrastrándose suavemente por el movimiento de su propio cuerpo, el crujir de la madera de cualquier mueble, no escuchar mas silencio que el suyo propio y sentir que era absorbido por su miedo, un gesto, una imagen...Todo lo devolvía a Ella, empeñada en no salir de su cabeza. Incluso los documentales de los Leones marinos le recordaban a Ella porque ella los odiaba, y decía siempre que olían mal. Y nunca pasearon cerca de donde estos estaban, allá en Mar Del Plata, cerquita del puerto y a donde acudían los turistas para darles de comer. Y entonces se hacía imposible dormir, se enredaba en las sábanas, el calor lo envolvía, y tomaba otra vez un trago de cualquier bebida, solo, a sabiendas de que no podía caer mas bajo y que no le importaría revolcarse un tiempo en su conocida mierda antes de tener motivos para volver a salir de ella. Pero en la ducha todo se paraba, no pensaba mas que en él, en su cuerpo, en sus manos, sus brazos...sólo era él y el agua, y la sensación de volver a nacer con cada gota que bajaba corriendo y tropezando por sus piernas. Saltando y deslizándose...A veces le gustaba pararse a mirar como cada gota, una vez que ya había cerrado el chorro de agua, bajaba por distintos caminos, dibujando quién sabe qué y tropezando con las cicatrices de su cuerpo, frenando en ellas, buscando nuevas salidas hasta encontrar el suelo de la bañera e ir a terminar en el desagüe. Era también el pelo cayendo a la altura de los hombros, y que perdía al entrar en contacto con el agua esas ondulaciones que lo caracterizaban. Era tratar de deshacer enredos que nunca se iban, o que volvían tremendamente rápido. Era todo nuevo cada vez, y en su cabeza era él, desnudo, de verdad. Con tantas cosas que decir, que intentar y que inventar que se agolpaban en su agitado cerebro cargado entonces de vida. La ilusión por todo volvía, las ganas de salir y gritar al mundo sin decir una sola palabra inteligible, sólo por el gusto de hacerlo. Mostrar lo que era por dentro. Pero una vez con la toalla sobre la cabeza todo volvía a apagarse, a secarse como el agua que antes le daba vida. Siempre con esas ganas de huir y esonderse en el último agujero del mundo, allí donde nadie, ni él mismo se conociése. Pero nadie escapa de lo que es, hasta Norman lo sabía. Había huído hasta entonces, y ya no pensaba hacerlo mas, ahí acababa todo. O al menos esa era la idea que tenía en mente y la que le había hecho volver y dejar a mas de 12000 km de distancia una historia demasiado larga y destructiva. La misma que iba a contar a Hernán en cuanto terminase de limpiarse por dentro y por fuera, y en cuanto el cd de grandes éxitos de Ottis Redding dejase de sonar y volviese el acompañamiento silencioso de la casa, interrumpido unicamente por sus pasos, a llenar cada estancia del apartamento.
El timbre sonó a las 17:32 y así lo esperaba Norman. Conocía bien a su amigo y sabía que este gustaba de aparecer siempre a horas "redondas" o al menos así las llamaba siempre Hernán. Las citas con el, establecidas o no, e incluso sus llamadas se daban siempre a horas en punto o a y medias. Norman se maldijo a sí mismo por haberse recreado tanto en la ducha puesto que llevaba sin comer nada desde el día anterior y contaba con poder almorzar algo antes de la llegada de Hernán. Al abrir la puerta apenas tuvo tiempo de reaccionar ante el metro noventa de grasa y músculo a partes iguales que se encontraba frente a él. Cayó al suelo antes de alcanzar a ver siquiera quien le había golpeado y aún así supo, antes de intentar incorporarse de nuevo, de quien se trataba. Aquel olor a sudor rancio y viejo, aquella agua de colonia barata de supermercado que no disimulaba para nada el hedor que acompañaba siempre al individuo que ahora tenía frente a sí...y las botas que desde el suelo, tumbado todavía mirando al techo, podía ver, de cuero negro y labradas imitando la piel de serpiente, terminadas en pico...esas botas que ahora iban a empezar a hundirse sobre su estómago. Conocía el procedimiento, él mismo había llevado a cabo antes actos parecidos. Era tonto, lo había olvidado todo demasiado pronto. Siempre llamaban así, siempre ese silencio sepulcral tras la puerta, siempre ni un ruído de pasos por los pasillos del edificio y siempre dos minutos pasados de cualquier hora que pudiese ser, como diría Hernán, "redonda"...siempre ese timbre seco sonando una única vez...y enemigo sorprendido. Capullo al suelo. El bueno muere, fin del episodio. Norman entonces adoptó una estúpida posición fetal, cubriendo su estómago y su cara tratando de protegerse y al mismo tiempo pensar en encontrar la forma de escapar de la boca de lobo en que se acababa de convertir su casa, tratar de ponerse en pie o desde el suelo dar con la forma de atacar a su adversario. Pero no era nada original, otros muchos lo habían hecho antes y desde el suelo no era fácil defenderse. Norman lo sabía, a él nunca se le había escapado nadie. El tipo del mal olor ya pateaba su costado izquierdo, que había quedado al descubierto, y hundía cada vez con mas fuerza el pico estrecho sus botas sobre el. La respiración del cazador era por segundos mas agitada, exitado y nervioso parecía haber querido siempre devolver a Norman algo que le debía...y lo estaba haciendo. Cuando la sangre empezaba a brotar por la boca de la presa, que se esforzaba por respirar, el animal recibió una llamada telefónica. En el equipo aún sonaba "These arms of mine" de Otis Redding, una curiosa balada que hacía las veces de hilo musical para tan brutal paliza. Despues Norman no pudo ver ni escuchar nada. Sólo un destello y algo plateado golpeándolo duro y seco en la mandíbula. Todo volvía a estar en silencio.
Tuesday, May 15, 2007
Las increíbles aventuras de Norman Viento (IV)
Aunque a Norman le hubiese gustado que aquella tarde no se alargara demasiado no pudo evitar ver amanecer aquel día junto a los que después de tanto tiempo le demostraban entonces que seguían a su lado. Probablemente mantener el contacto sería difícil, cada uno con su trabajo, sus proyectos personales, sus rutinas y obligaciones familiares...pero supo que todos los que habían acudido a la cita responderían al teléfono siempre que él llamara. Algo tan sencillo como eso se había convertido para Norman en una cosa excepcional después de todo lo acontecido. Es horrible gritar y que no te escuchen, pedir ayuda y que aquel que te la pueda dar no quiera oír. Responder a una llamada y calmar una tormenta dentro de otra persona. Siempre se necesita aquello que nos quitan, y si se trata de la simple necesidad de expresarnos la existencia puede llegar a ser sofocante, las preguntas se acumulan sin encontrar la respuesta, las conversaciones que imaginamos afloran en nuestros sueños y volvemos a pensar en esas respuestas que no vamos a obtener, esas escenas de teatro que a veces montamos en nuestra cabeza antes de dormir, o al despertar y que suelen acompañarnos en los momentos del día en que nuestro pensamiento no tiene o no quiere otra cosa en que ocuparse. Ya en la mañana, bien temprano se encontraron todos en el río, a la vera del Guadalquivir en el margen de la ciudad, mirando por frente a la calle Betis, en Triana. Sentados todos mirando nada, cada uno con sus vueltas de cabeza, cansados por una larga noche, por tantas emociones y tantas cosas que contar, por tanta risa contenida y no contenida, tanta demostración de afecto y añoranza transformada en abrazos y agitaciones...las ideas se agolpaban en cada uno, muchas cosas de que hablar, muchas cosas ya habladas y tantas otras que aún no habían acertado a recordar...ahora les sobraba el tiempo. Querían ver amanecer y después desayunar algo, unos churros, como en los viejos tiempos allí en el Kisoko frente a el arco de la Macarena, pero el sueño les iba venciendo, poco a poco se iban recostando unos sobre otros como ya habían hecho tantas veces en el pasado, tumbando sus cuerpos sobre la hierba e improvisando almohadas humanas de forma que ninguno se quedase sin cobijo en aquella gran cama de vida que se iban inventando. A las 7'16 minutos Antonio tuvo la ocurrencia de avisar a los demás: " Me temo amigos...que va a estar nublado el día, el sol ya debería haber salido hoy" - "!Me encantan los días nublados!" dijeron a la vez Norman y Eva, y se miraron todos extrañados, ellos con una sonrisa cómplice, ambos sabían muy bien que al otro le gustaban y siempre en los calurosos veranos de Sevilla aprovechaban las pocas nubes que se dieran para salir a pasear tranquilos en la mañana, con poca gente, a observar todo con mas calma, con otros colores...incluso con otro olor. Después de aquello no dudaron mas, la claridad ya inundaba la ciudad y los amigos se habían quedado sin ver el nacimiento de la luna amarilla por lo que decidieron ir a desayunar y mas tarde a casa, a descansar, relajarse y planear un próximo encuentro. Todos hicieron prometer a Norman volver a verse antes de que le diera tiempo a desaparecer de nuevo. -" he vuelto para quedarme, no hay nada mas en mi cabeza, de momento"
Hernán le entregó las llaves de casa, él había sido el encargado durante aquel tiempo de pagar el aquiler del departamento con el dinero que Norman le ingresaba cada vez y siempre de modo puntual, el día 3 de cada mes. Habían vuelto, como siempre, a verse charlando con las primeras luces del día, camino cada uno de su casa y sin alargar demasiado el paso. "Nos vemos mañana Norman, no me quedo a quitarle el polvo a esta casa..." -"Ok, yo te llamo cuando despierte a ver si sigues vivo, tenemos que hablar" dijo con el cuello girado mientras ya había introducido la llave en la cerradura y trataba de abrir la puerta. Siempre se le había dado mal aquella maldita cerradura. "Por supuesto, mañana me cuentas"- Respondió Hernán dándole la espalda. Desde que se conocían habían acostumbrado a despedirse así, sin mirarse, dejándose ir sabiendo los dos que no tardarían demasiado en volverse a ver.
Al entrar en la casa todo en Norman volvió a girar, una vez mas, en el mismo día todos los pensamientos puestos del revés. Cada cosa en su sitio tal y como la había dejado al marchar, salvo por la correspondencia acumulada en la mesita de la entrada parecía no haber transcurrido el tiempo en aquella casa. Hernán había pagado religiosamente a una chica que iba 3 veces al mes a arreglar la casa, quitar el polvo y poco mas, eran los días que su amigo aprovechaba para quedarse allí, revisar las facturas pendientes, atender encargos que Norman no pudiera atender o simplemente sentarse a recordar los buenos momentos que habían pasado allí juntos. Nada mas cruzar la puerta se estremeció con aquel olor que ya no recordaba, el de sus cosas, las de verdad, las que se había comprado por el simple gusto de tenerlas, las que le habían regalado, las que había usado y gastado...Libros, revistas sobre deportes de aventura, apuntes desordenados de su época de estudiante en las estanterías...todo ordenadamente desordenado aunque de aspecto limpio, algo que siempre le había preocupado mucho. Los Cd's que mas usaba estaban todos amontonados junto a su viejo equipo de música, un JVC que le regalaron en casa una navidad cuando tenía 21 años y que cuidaba como un gran tesoro. Algunos DVD's también musicales en la mesa baja del salón, frente al televisor, preparados siempre para ser usados. Incluso un paquete de tabaco de no sabía quién y que por alguna razón había guardado hacía ya tiempo. Era muy común eso en él, guardar cosas porque en un momento dado le habían parecido importantes, extrañas, dignas de ser recordadas....y mas tarde olvidar el porqué de aquel extraño souvenir guardado por la casa. Tenía piedras y trozos de madera, conchas y caracolas de playa, trocitos de tela, algún que otro pendiente perdido. Nunca los tiraba, si estaban ahí era porque alguna vez fueron importantes y eso era mas que suficiente para que se merecieran ser conservados. Cruzó el hall recibidor, una pequeña estancia cuadrada con dos puertas, una a la derecha de la entrada principal permitía el acceso a la cocina, larga aunque algo estrecha. La segunda puerta, frente a la de la entrada conducía al Salón principal. Desde la entrada del salón se habría una amplia habitación, luminosa por un ventanal al fondo, desde el que se accedía al balcón que daba a la calle y que a Norman le gustaba tener sin cortinas ni visillos, "la máxima luz posible siempre, a ver si nos iluminamos alguno" solía decir. Si la entrada al balcón quedaba a la derecha del ventanal visto desde el recibidor, desde ahí a la pared se extendía un gran sofá blanco, tan cómodo como complicado era de mantener limpio. Frente a ese sofá, donde tantas noches le había vencido el sueño a Norman (era muy gustoso dormir bajo el en las noches de calor) quedaba una mesa baja con base de piedra y soporte de metacrilato, de forma rectangular, algo estrecha, pero que daba bien de largo, de forma que desde cualquier rincón del sofá se pudiera uno sentar y poner los pies sobre ella, y !cuántas veces les había dado la noche así a sus amigos! viendo películas, partidos de fútbol o simplemente charlando, así, estirados entre el sofá y la mesa, bajo el ventanal mirando nada concreto en la pared de enfrente o siguiendo muy de cerca el televisor...toda la pared izquierda de la habitación estaba ocupada por un gran mueble estantería donde no cabían los libros, discos, objetos inanimados de un no recordado valor sentimental, albunes de fotos y su equipo JVC...en el centro de ese mismo mueble había un ordenador, con una mesa de bandeja movible que sobresalía un poco y en la que se veía el teclado de la computadora bajo el mantelito que alguien, y no había sido él, había usado para cubrir todo el equipo y no se llenara así de polvo, una confortable silla de oficina de cuero negro se encontraba allí, esperando siempre a ser usada. Poco mas había en esa habitación. La televisión quedaba casi en el centro de nada dentro de todo aquello, frente a la mesa baja, pero a una distancia considerable. Una pantalla plana que había mandado a Hernán comprar, era la primera vez que la veía, no le parecía mal el lugar donde se había situado puesto que así, no tendría que mover nada de sitio para verla. La Tv estaba sobre un mueble de metal negro con puertas de crital y pequeños pomos en color metálico de diseño italiano dentro del cual se encontraban tanto el aparato reproductor de DVD's como las películas y películas que Norman había grabado, comprado o que le habían prestado alguna vez y no había devuelto nunca. El aspecto era el de un hogar de diseño minimalista. Era la habitación mas amplia de la casa y así, de esa forma distribuída lucía en todo su esplendor. Decidió dormir bajo el ventanal, tumbado en su gran sofá que tanto había echado de menos y esperar al día siguiente para reordenar su desquiciada cabeza antes de la cita con Hernán. Se durmió pensando en Eva.
Tuesday, April 17, 2007
Las increíbles aventuras de Norman Viento (III)
Nadie sabía muy bien a qué se había dedicado Norman durante aquellos años en que estuvo fuera. Unos decían que quizá viajando, algo que siempre había querido hacer, visitar lugares y conocer sus gentes, vivir del aire distinto en cada rincón del mundo, disfrutar los aromas de distintas costas y montañas y, por supuesto, respirar la libertad que siempre le había faltado sin saber muy bien porqué. Otros, los que menos, opinaban que no podía haber llegado muy lejos, que había dejado atrás demasiadas cosas y que seguramente volvería a Sevilla a buscarlas cada cierto tiempo, sosteniendo que sólo había decidido ausentarse del mundo que hasta entonces había conocido y que tarde o temprano volvería a él, a la seguridad que le podía dar el mantener los pies en el suelo, en las calles de su ciudad, de donde nunca debió despegarlos. A lo que él mismo llamaba La sabiduría del fracaso.
El día en que por fin apareció en aquella plaza de la Alameda de Hércules ya no era la misma persona. A pesar de tener el mismo aspecto que siempre, su rostro, cada gesto, cada mirada...decía algo distinto a lo que siempre había querido decir. Sus ojos no brillaban y la ilusión que siempre se le había descubierto en ellos apenas se había convertido y mudado a la media sonrisa con que asimilaba las preguntas y exclamaciones que le dedicaban los que allí le esperaban, en el bar de siempre, la misma esquina y hora a la que acostumbraban.
Aquella tarde tuvo que soportar bromas sobre su ausencia, todos preguntaban, elucubraban distintas historias. Las que habían maquinado en su tiempo desaparecido y las que ahora inventaban sobre aquella mesa de pie, ya rebosante de vasos de tubo ancho de cerveza, tratando de sonsacarle algo en claro al conocido aunque casi desconocido que tenían frente a sí. A pesar de todo Norman esquivaba las preguntas con elegancia, reía y dejaba hacer a los demás. Unos días antes él mismo había hablado con Hernán, su único contacto con la ciudad durante aquellos años, la única persona en la que siempre había confíado. Norman le había pedido que por favor disuadiera a sus amigos de intentar saber dónde había estado, y advirtió a Hernán que sólo les diría que había pasado de viaje aquel tiempo, conociendo el norte de España primero, y toda surámerica después. Y aunque así lo había intentado su amigo la curiosidad de todos era demasiado grande. "Estás cambiado tío, pareces mayor, incluso mas mayor de lo que ya parecías antes", "yo creo que se ha hecho persona, antes era sólo un desastre humano", "¿qué has estado, traficando...?" las chicas, de forma mas sútil le preguntaban por el viaje, los lugares en los que había estado y si había traído algún recuerdo para ellas, cosa que por supuesto había hecho Norman, que acostumbraba a no olvidarse nunca de nadie y menos de aquellos que le importaban. -" y las niñas...¿conociste alguna que te entretuviera para estar tanto tiempo fuera de casa?"- Por supuesto que Norman contestó de forma severa -" conocí muchas, es por eso que estuve tanto tiempo fuera"- y aunque fue una salida grosera y rápida, poco elaborada para el humor que acostumbraba a gastar con sus amigos ,consiguió parecer ameno y cómodo con la situación, aunque su semblante se volvió en ese mismo momento algo mas serio, mas rígido. La vista perdida por sólo algunos instantes...los suficientes para que Hernán pudiera notar la realidad de la situación de su amigo, que como siempre acostumbraba a aparentar una frialdad ante las contrariedades que sabía de sobra que no tenía. Se conocían demasiado bien, cruzaron la mirada en décimas de segundo, Hernán lo avisó sin mediar palabra, -"has bajado la guardia" quiso decirle, y Norman que entendió perfectamente volvió a parecer animado, dejando fluir la conversación, que ahora ya no se centraba en él, sino en ellos, sus amigos, aquellos que se habían casado, que ya no vivían en la ciudad, aquellos que simplemente habían dejado de salir con los de siempre, que trabajaban como importantes negociantes, arquitectos, aparejadores, informáticos...Javi había tenido un niño, Se llamaba Leo, y cuando hablaba sobre él se podía ver su orgullo hinchado, sus ojos brillar y una sonrisa de oreja a oreja que sin dejar asomar los dientes parecía que fuera a explotar de un segundo a otro. Vivía con Jana, siempre se habían gustado aunque sus caminos no terminaran de encontrarse, son esas historias de amor que el tiempo se encarga de poner en su sitio. Esas que todos conocemos y que nos gustaría vivir, esas que pasan de cerca, que inventamos en nuestra cabeza, acompañadas de conversaciones que nunca se van a dar, con respuestas que nunca vamos a encontrar...Pero a Javi y a Jana les había ocurrido, y eran el vivo ejemplo de que los sueños a veces se hacen realidad, de que la espera a veces da sus frutos, la lucha por aquello en lo que se cree, por alguien en quien se confía. Norman sintió una sana envidia de su amigo y era el feliz aspecto de este lo que la provocaba, algo entrado en kilos desde su último encuentro en aquella plaza en una tarde parecida, cuando todavía era un estudiante de telecomunicaciones con muchísimos sueños en la cabeza y cuya mayor ilusión era la de ver cada domingo las carreras de la Fórmula 1, tan en boga en aquellos días por el boom de Fernando alonso. Manu se había casado apenas unos meses antes, en marzo en la iglesia de La Caridad, donde siempre quiso hacerlo Elisa, su novia desde hacía tantos años, y norman nunca apostó por que aquello sucediera, se decía a sí mismo que no podían pasar la vida sin conocer a otras personas, sin probar otros sabores, que debían seguir distintos caminos y quizá, quién sabe, algún día volver a elegirse. Pero ellos nunca se habían separado, se encontraron con 19 años y ahí seguían con 26, conociéndose cada día. Eva estaba soltera, la chica mas guapa de todas las que le habían hablado de seguido durante mas de 5 años en su vida. "Guapa y lista" acostumbraba a decirle siempre que estaban solos - "porqué no te enamoras de mí,Eva?" y ambos brindaban y se reían, demasiado amigos, demasiado cariño...demasiada poca atracción entre ambos a pesar de todo lo que los unía, desengaños amorosos incluídos. Seguía sola, ella lo había elegido así, simplemente no había encontrado a la persona adecuada, sin embargo se había convertido en una publicista de primera categoría, que vivía a caballo entre Sevilla, Madrid y Barcelona y que era reclamada para las principales campañas de publicidad que se hicieran en el país. Laura seguía viéndolos de vez en cuando, pasando por donde siempre y encontrándose de casualidad con los que allí esperaran a los demás. Aunque había elegido un nuevo camino que seguir, otros amigos, otras zonas que frecuentar... son las vueltas que da la vida, los giros. Hernán siempre lo contaba que ella no había soportado muy bien su marcha, fueron novios mucho tiempo, hacían una bonita pareja y todos lamentaron que aquello se acabara y aunque en el momento de partir ya no mantenían la relación existía un vínculo muy fuerte que la unía a la vida de Norman, un extraño magnetismo que ni ella sabía explicar. Puede que su marcha después de todo no hubiera sido tan mala, Laura consiguió rehacer su vida, sacar a Norman de su recuerdo aunque pagando el precio del olvido mas cruel, el de la ignorancia del otro. Norman no se había portado bien, nunca supo agradecerle ni siquiera el empeño que ella puso en mantener una amistad después de su historia, lo mucho que le había apoyado siempre, lo mucho que le hubiera gustado seguir haciéndolo si él la hubiera dejado. Nunca se acordó de ella en todo aquel tiempo, ni un mensaje, ni una carta, ni un "¿cómo va todo?" la había dejado a un lado del camino de su memoria sin saber todo lo que eso suponía para ella, que lo pensaba momento a momento, mucho al principio, cada día menos....que se vio obligada a ver pasar el tiempo y con este ver también como se apagaba el recuerdo de alquien a quien quiso tanto. Obligada a olvidar. Sabía que tenía un asunto pendiente con ella, pero no era aquel el mejor momento para resolverlo puesto que ya tenía una vida nueva, alejada de su recuerdo y con probablemente otras personas cerca que sabrían cuidarla mejor que él. Antonio también terminó sus estudios de publicidad, con menos suerte que Eva trabajaba en una pequeña agencia en Sevilla, aunque era feliz, siempre sonriente, incluso cuando todo iba mal años atrás...hay personas que saben regalar lo mejor de si mismos incluso cuando necesitan ellos ser los regalados, los que reciban de los demás. lo había echado de menos. A todos los había echado de menos...sólo que había necesitado volver a verlos, a escucharlos y sentirlos para poder darse cuenta.
Se sintió fuera del tren de la vida que él mismo había llevado años atrás, eligió bajarse del mismo, encontrar su lugar en otro sitio, incluso creyó por un tiempo, hermoso primero, agónico después, que lo había encontrado. No se arrepentía de haber hecho aquello en lo que había creído, se había dicho siempre que nunca te puedes sentir culpable si lo das todo por algo o por alguien, si crees en lo que haces, si te esfuerzas por lograrlo. Aunque el resultado no sea el esperado. Podía estar orgulloso, ahora, después de tanto tiempo se conocía de verdad, había aprendido a contestarse, o a no preguntarse demasiado, Sabía de lo que era capaz, de todo. Había visto el abismo de la locura tan de cerca que no podía temer a nada, ni siquiera a la muerte, puesto que llegó a enfrentarla varias veces sin querer provocársela. Su corazón, su gesto y su semblante, el extraño aire que le rodeaba se habían endurecido, si, pero también su forma de asimilar los golpes de la vida había crecido junto con sus ganas de volver a hacerse, ahora si, cerca de los suyos. Sabía que tenía que explicar muchas cosas, en realidad, las ganas le podían, quería interrumpir todo, decirles en qué había andado, decirles porqué...pero tampoco eso serviría de mucho, la historia era demasiado larga, demasiado complicada como para reducirla a una simple crisis emocional...Quería que fuese mañana y poder sentarse con Hernán y narrarle por fín todo lo que le había acontecido, a sabiendas de que este, poco dado a hablar de sentimientos a pesar de conocerse tantos años atrás, sabría escucharle mejor que ninguno, sabría callar mejor que ninguno y por supuesto, sabría dejar atrás el tema si eso fuese necesario una vez que todo hubiese sido hablado. De forma extraña sentía que era al único realmente al que debía una explicación, ambos lo sabían, aunque no estuviera escrito, aunque pudieran pasar sin hacerlo, aunque todo volviera a ser como antes, que lo sería, uno y otro esperaban hablar a solas, como habían hecho siempre, no por que no pudieran hacerlo con nadie mas, sino porque eran muchos los días en que se encontraban o terminaban caminando la ciudad solos, fuese mañana o tarde, noche o madrugada de trasnoche con el sol amenazando salir... Dos compañeros inseparables que un día se separaron sin más, y que volviendo a encontrarse debían retomar muchas cosas que habían dejado atrás, entre otras el simple gusto de sentarse al sol a tomar un refresco y poder seguir hablando, aún con el tiempo de la vida adulta dándoles alcance, sobre cómo iban a vivir en el futuro que les venía encima a cada segundo, a qué iban a dedicar su tiempo, cómo iban a cambiar su mundo desde aquellas sillas de metal de la terraza de cualquier bar sevillano.
Tuesday, September 12, 2006
Las Increibles Aventuras de Norman Viento (2)
Entró en su vida como la primera gota de lluvia en la última tormenta de verano, cómo esos días de los que uno no espera nada y terminan como regalos para nuestra memoria, felices e imborrables, cómo esas mentiras que decimos, y que son descubiertas cuando casi las habíamos olvidado....Repentina y esperada, irrumpió con su incómodo silencio el ruidoso mundo de Norman, y lo cambió para siempre. A cada palabra que decía le acompañaba una seguridad desconocida para él, estaba toda envuelta en un halo de superioridad ingenua y desinhibida que no hacía sino empequeñecer a todo aquel que osara conversar con ella. Quizá por eso, rodeada de amigos la noche que se conocieron, parecía estar tan sola e importarle tan poco. De vez en cuando tomaba la iniciativa en la discusión que fuera y nadie era capaz de no mirarla mientras conversaba, magnética y distante, y dulce en su habla. . No se atrevió Norman entonces, cuando los presentaron, a dirigirse a ella directamente y a ella tampoco pareció importarle aquello, Y Norman se sintió tan pequeño a su lado que durante mucho tiempo se limitó a observarla, tratando de encontrar el punto débil de la fortaleza que parecía ser, cercana e inaccesible, y rodeada de obstáculos que en principio un tipo tan normal como él no podría salvar. No era norman buen estratega, ni tenía una conversación fluida, no era simpático ni mucho menos gracioso...Él era gris, o así se había sentido siempre, un tipo capaz de pasar sin pena ni gloria por cualquier aspecto de la vida, aspirante a todo y ganador de poco, de muy poco, acostumbrado a dejar pasar oportunidades y a bajarse de cualquier tren en marcha siempre que algo se torciera, y siempre había algo susceptible de torcer.
- “Sabes porqué me gustas?”- lo dijo tranquila, mirando a los ojos de un Norman que todavía trataba de asumir lo que acababa de escuchar, lo dijo con la naturalidad de quien ofrece un cigarrillo, o la lumbre con la que encenderlo, y sin apartar sus ojos, grandes y negros de los de él. Ella era directa, preguntaba siempre lo que quería saber y decía lo que algunos no querían escuchar de igual manera, y nadie se sentía ofendido porque la naturalidad con la que se expresaba, sus ojos profundos y serenos, y a la vez graciosos despertaban en aquel que la escuchara una capacidad mezcla de ternura y disimulada sumisión, desconocida. Incluso el mas bravo hombre en lo que a mujeres se refiriera estaba desnudo ante ella, siendo o no consciente de ello. Sabía cambiar de tema si no obtenía lo que quería y su silencio...era un hacha que se clavaba en la cabeza de cualquiera que pudiera escucharlo, Y Norman pensaba que era capaz de leer sus ojos, verdes y tristes, y nerviosos. –“porque me gusta cómo me miras cuándo hablo”- todavía no había abierto la boca cuando ella ya le había respondido, y lo miro divertida, haciendo una mueca graciosa, arrugando un poco la nariz y doblando sus finos labios, media sonrisa cerrada. Era la primera vez que estaban solos, ambos habían llegado pronto a la cita con los demás en el Café Central, otrora centro de encuentro bohemio en la plaza de la Alameda de Hércules, con una amplia terraza de mesas y taburetes altos donde se estaba mas cómodo de pie que sentado, y que siempre, al caer la tarde se llenaba de gente, de conversaciones tranquilas pero animadas, y donde aunque casi todos se conocían pocos se molestaban en interumpir conversaciones ya iniciadas, porque siempre habría después un momento para compartir, con cualquier excusa, y en el mismo bar. Poco quedaba de ese Café Central romántico e intimista a la vez que concurrido y ruidoso de susurros cuándo nadie quería alzar la voz para no deshacer su magia. Sitiado por las obras de reforma en la plaza, su terraza, primero acerada, había pasado a ser un patio de albero sevillano, esa tierra amarilla y pegajosa, donde el polvo de las máquinas que trabajaban cercanas no cesaba en su intento por molestar a los clientes del bar, y estos, fieles a las tardes de charla que se fundían con la noche, habían emigrado a zonas mas interiores del casco antiguo de la ciudad, donde se preservara esa intimidad consciente y compartida. Y se antojaba una conversación difícil para Norman, que ante ella no sabía sino callar. Se saludaron como de costumbre, dos besos y un “ Hola, ¿qué hay?”. Lo invitó a sentarse en la mesa en la que acostumbraban mientras que Norman había pensado que se sentiría mas seguro de pie, junto a la Barra americana, aunque no supo decir no, y la acompañó hasta allí después de pedir un café cortado para ella y una cerveza para el...era esa incómoda hora de la tarde, entre las 6 y las 7, cuando uno no sabe si aún está a tiempo de pedir un café o si le vendría mejor una cerveza o cualquier refresco que activara su ánimo mas que su somnolencia. Y pensó para sí mismo que bien empezaba su inesperada cita...se maldecía por dentro preguntándose porqué no habría pensado en pedir otro cortado, por poco que le apeteciera, con lo que le gustaba el café largo de negro...y compartirlo así con ella. Se sentó a la mesa, al fondo del bar y desde donde se podía observar quién entraba a cada instante. Pero ella miraba a la pared, sentada de espaldas a la entrada, como si realmente no le importase lo que pudiera ocurrir tras de sí, quizá sabiendo el gusto de Norman por abstraerse de cualquier conversación y mirar cada rato cómo la gente entraba y salía y conversaba...y de nuevo Norman se sintió nervioso, la tendría de frente y no podría eludir en ningún momento de la tarde a partir de aquel sus ojos negros y grandes y divertidos.
-“ No entiendo a qué te refieres”- dijo Norman, todavía perplejo por aquella inesperada salida...claro que sabía a que se estaba refiriendo no se andaba ella con rodeos salvo que quisiera jugar con alguien, pero no era el caso, y Norman dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, tratando de ganar tiempo mientras ella volvía a atacar, y preparando así un plan de acción ante su compañera de mesa y ante el propio miedo que se le había presentado paralizándolo por completo. Nunca se había sentido así ante nadie, tan desnudo, tan estúpidamente predecible...
